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miércoles, 23 de mayo de 2018

Tinta roja (I)


TRANSPARENCIA POLITICA
·LUNES, 21 DE MAYO DE 2018

Tp210518 Seguridad RUMBO NUEVO

Erwin Macario
La violencia que siega vida de periodista...
no tiene para cuando concluir, entre otros
factores por la impunidad de la que gozan
los asesinos. Miguel Ángel Granados
Chapa / Prólogo al libro Oficio de muerte


Por las calles de Villahermosa, desde hace varios días, camina casi inadvertido, como un turista más, con uno de sus libros, un hombre que en Argentina muchos lo consideran un héroe. Y lo es. “Yo salvé a un periodista que era rehén de delincuentes” dice-recuerda cuando alguien le presenta a un colega de este “oficio de muerte”, según el título del libro de Carlos Moncada Ochoa acerca de los “periodistas asesinados en el país de la impunidad”, editado por la editorial Grijalbo.
Los libros y el comisario —en retiro activo— de la Policía de Buenos Aires, parecen al reportero —y al columnista— una buena oportunidad de escribir de la vida, no de la muerte.  De la vida que desde hace tiempo han arrebatado a periodistas y que en Tabasco se reedita, en tinta roja, con la muerte del colega comunicador de radiodifusión Juan Carlos Huerta Gutiérrez, acaecida el martes 15 de mayo.
De la vida de muchos que, en acciones de seguridad, unos 3 mil procedimientos en la policía argentina, donde Daniel Alberto Abaca llegó a ser instructor y jefe de la División Especial de Seguridad Halcón.
El ex integrante de los halcones de la policía argentina llegó a nuestro país en septiembre del año pasado, como rescatista voluntario de las víctimas del sismo de Ciudad de México. Con su propio peculio se pagó el viaje y su manutención. Le gustó México y, con sus historias, y sus libros, recorrió Puebla y otros estados y llegó a Tabasco. —Ya comí pejelagarto y tomé pozol —nos dice ya en confianza, en el Café Parissi, a unos pocos metros del comercio de antigüedades donde le conocí. Deja ver su intención de quedarse en nuestra entidad. El amor de una tabasqueña que conoció hace meses, es otra de las causas, nos platica a medias.    
El maestro de Taekwondo, profesor instructor de armas cortas y largas, licenciado en seguridad, que, a sus 60 años de edad, cursa la licenciatura de Leyes en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, en Buenos Aires, vive de la venta de uno de sus libros, La importancia de la capacitación en las intervenciones policiales con toma de rehenes, de la colección Universo Armas, en el que —además que narra y analiza el rescate de rehenes, y no lo hace de oídas sino como protagonista de uno de estos eventos, pues en junio del 2000 fue el principal rescatista de un fotógrafo de prensa que había sido tomado como rehén—, explica el entrenamiento policial, las acciones de mediadores, negociadores, y el marco jurídico en el que actúan los policías especializados en este campo.
A ello, al rescate exitoso, se refiere Abaca cuando se presenta “yo salve a un periodista…”, más para recordar que para presumir. Esa vez se confundió entre los periodistas que, en primera fila, filmaban, fotografiaban y reporteaban la toma de rehenes en una estación de servicio de combustible, en General Rodríguez. E inmovilizó al jefe del secuestro, al del mando.
Analiza dos casos: el asalto y toma de rehenes de la localidad de Ramallo (17 de septiembre de 1999) y el correspondiente a General Rodríguez, acontecido en una estación de servicio de gas natural comprimido (GNC), en donde Abaca estuvo en la primera línea (14 de junio de 2000). Ya les contaré que quiere dar pláticas sobre esto. Pero…
Ser periodista, además de ser uno de los más excitantes quehaceres, el mejor oficio del mundo según Gabriel García Márquez, es el más peligroso porque a veces la tinta se paga con sangre, la voz informante con el silencio de la impunidad.
La violencia que siega vida de periodistas (o los hace desaparecer, que es la modalidad reciente en los ataques a los profesionales de la información) no tiene para cuando concluir, entre otros factores por la impunidad de la que gozan los asesinos, pues ya se sabe que la falta de castigo es el mejor caldo de cultivo para la comisión de nuevos delitos, escribió Miguel Ángel Granados Chapa al prologar el libro Oficio de muerte, que hoy utilizo para epígrafe.
En Oficio de muerte/ periodistas asesinados en el país de la impunidad, Carlos Moncada hace un recuento de los compañeros muertos en México  por la violencia criminal y trata de precisar cuándo las víctimas de los atentados eran en verdad periodistas; cuándo, en verdad, hubo un homicidio y no un accidente u otra causa,  cuándo el atentado se relaciona con la actividad profesional del periodista y cuándo los móviles fueron de otra naturaleza: pasionales, económicos, riñas, etc.
Moncada Ochoa dice: hasta la época de los setenta, los autores intelectuales de la mayoría de los homicidios eran políticos, caciques y gobernantes; después el responsable ha sido, salvo algunas excepciones, el crimen organizado, en el que hay que incluir a funcionarios y jefes policiacos corruptos.
Mucha tinta roja se gastará todavía si los periodistas, con las leyes de protección a este gremio,  con sus protocolos de seguridad, las autoridades y la sociedad en general no encuentran una forma de preservar la defensa de quienes profesionalmente ejercen esta actividad.
No queremos hacer obituarios, lista de los periodistas caídos en el ejercicio de su oficio, pero como dice Carlos Moncada “a fuerza de recordarlos y denunciar los atentados, impidamos que mueran”. (Concluirá)

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